PREGUNTAS PARA LLENAR LA COPA   UN MUNDO SIN DULCINEA   MUCHACHA POLACA EN EL PATIO VECINO   LA CASA   EL ABUELO LOS NIDOS Y LAS CATEDRALES   SIEMPRE ES PRIMERA VEZ EN SUS BRAZOS
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YO

Nadie era más feliz que yo: tenía mi sustento, mi remo, mi atabal, mi paz, mi leyenda. En la esquina vivía la regordeta mujer parroquial, quien gustaba impartir catecismos y que los niños rezasen con ese aire castrense de los tiempos idos. La herrería, la nana, el celador en la bodega, prototipo del hombre decente quien jamás rompía un plato, pero que se acostaba a la luz del medio día entre guisantes y arvejas con las manos metidas en el pronunciado pecho de su amante.  

Nadie era más fuerte que yo: aún descalzo, aún mozuelo, de imágenes adulteradas con las más ardientes ocasiones que son las grandes ciudades, sus alquimistas. El político de dulces promesas, hombre universal que llegaba a mi barrio, que se subía en la tarima,  que invocaba tiempos mejores, zapatos para todos, justicia de la buena. Mi corazón ardía embrujado: vertebras, ojos, aire, ciencia; la mujer parroquial se me hacía irreconciliable conforme mi madre lloraba su sino de tres mocosos, tan flacos y larguiruchos, y para colmo, de raras opiniones que contravenían el máximo recogimiento de la semana mayor.

Nadie más rechazado que yo: muchacho incontrolable, equivocado, convulso; devorado por un mal presentimiento. Sin padre, sin casa, a duras penas estudiante. Mi madre desplomándose como un puente oxidado, pudridero de mar, guarida. Todos lo habían visto: se ha de morir temprano.

Nadie más atento que yo: de lunes a lunes con gratitud. Lloroso quizás, pero igual de caminante y enamoradizo. Kilómetros y kilómetros en círculos de esperas. Me miro largamente… de cero a treintaicinco: nadie era más feliz que yo, nadie era más fuerte que yo, nadie más rechazado que yo… Y pensar que todo esto es lo que dejo…